La ciudad ingobernable. Una reflexión política sobre los disturbios del 29-M

No lamentamos haber apedreado a la policía

No nos arrepentimos de haber destrozado bancos e inmobiliarias.

No nos pesa haber incendiando Starbucks y El Corte Ingles

No nos avergonzamos de haber quemado contenedores de basura…

…Los hemos quemado porque no queremos tener que buscar en ellos nuestra comida.

Porque queremos que NADIE tenga que hacerlo.

La represión brutal de la huelga (con incontables palizas y heridos, varios mutilados por disparos de pelotera, 79 detenidos y cuatro encarcelamientos), el constante bombardeo mediático sobre los “grupos de violentos sin ideología” o la amenaza de endurecimiento de los mecanismos jurídicos y policiales para restringir libertades, son elementos que ponen de relieve el miedo del Estado a la fuerza colectiva que se hizo visible el pasado 29. Una fuerza materializada por la determinación masiva de no ser víctimas pasivas, de no quedarse con los brazos cruzados o con las manos moviéndose tontamente en el aire, mientras quién está en el poder arrasa con las condiciones de vida de todos nosotros. Una fuerza embrionaria, todavía en busca de expresiones políticas y de proyecciones tácticas y estratégicas, pero apoyada sobre algunas certezas conocidas. Entre ellas, la esterilidad del pacifismo como principio incuestionable.

La lucha callejera, lucha social y política

Precisamente porque Puig y compañía, los dirigentes, analistas y ‘expertos respetables’ de todo tipo, saben que los disturbios del jueves tienen causas sociales bien profundas, crean alarma entorno a unos contenedores de basura ardiendo, y obvian o normalizan el hecho de que haya personas que tengan que comer de esos mismos contenedores. El problema, según ellos, es que haya destrozos del mobiliario urbano. Que haya vidas destrozadas en todo caso es un factor secundario, un condicionante que agrava el problema de “la violencia”. Éste es el razonamiento que se está difundiendo estos días. Ésta es, al fin y al cabo, la definición oficial de “violencia”.

Pero los disturbios de la huelga no fueron obra de grupos organizados sin más ideología que la violencia por la violencia, ni de provocadores policiales infiltrados destinados a criminalizar. Por supuesto, había algunos grupos organizados que llevaban a cabo acciones y, por supuesto, había policías encubiertos que practicaron detenciones e incluso llegaron a destrozar algún pequeño establecimiento con la intención de distorsionar el contenido político de los ataques. Pero no le digamos mentiras al mundo, y menos a nosotros mismos. En los disturbios eramos miles tirando piedras y atacando a los bancos, y no actuábamos por orden ni provocación de nadie más que de los que día a día nos joden la vida obligándonos a saltar y rebelarnos.

En Plaça Catalunya, Urquinaona, Universitat, Sant Antoni o el Raval, estábamos todos: currelas, estudiantes de instituto y de universidad, parados, catalanes, marroquíes, chavales, chavalas, sobretodo jóvenes pero también mayores, anarquistas, comunistas, independentistas, peña que pasa de política pero está harta y quiere levantarse… no estábamos organizados entre nosotros, solo tratábamos de mantenernos juntos sobre el acuerdo de plantar cara a los que instintivamente sabemos reconocer como enemigos: los maderos que nos hostian, los bancos que nos roban y nos endeudan, las grandes empresas que nos explotan y nos venden una falsa felicidad a través del consumo. Empresas como El Corte Ingles, Telefónica, Zara… o como Chicco, que después de una foto hábilmente tomada y unos titulares juguetones, ha pasado de ser una multinacional propiedad de una de las familias más ricas de Italia, que factura 1323 millones de euros al año, a convertirse en un humilde comercio de barrio llevado por una madre soltera.

Desde hace más de un siglo, el discurso de los poderosos está orientado a patologizar y negar la base política y consciente que rige revueltas y rebeliones, atribuyéndolas a los rasgos psicológicos e irracionales (“instintos criminales”) de algunos individuos, en vez de a fallos estructurales en el sistema social que a ellos les beneficia y a nosotros nos oprime. Pero si el disturbio no tiene ningún razonamiento político detrás, si es instintivo e irracional, no se entiende porqué no estalla indiscriminadamente afectando por igual a transeúntes, quioscos, bicis, etc., en vez de focalizarse sobre objetivos muy concretos (grandes empresas, bancos, policía…), dejando ver un criterio en absoluto irracional.

El reverso de este discurso, su reflejo en los medios de protesta social, es el mito izquierdista del “agent provocateur: el infiltrado policial que provoca la violencia y criminaliza una protesta originalmente pacífica. Una figura que ciertamente ha existido, pero ni mucho menos en las proporciones que algunos tratan de hacernos creer. Los dirigentes de estos ámbitos políticos consiguen así negar las prácticas combativas como opción política válida, generando desconfianza entorno a ellas, desplazándolas del campo amigo al enemigo, evitando que se extiendan. Lo que no consiguen con este discurso es explicar como se han ganado tantos conflictos obreros, como se han conquistado tantos derechos, o como se han gestado todos los procesos revolucionarios de la historia, procesos de lucha con formas ilegales que fueron madurando hasta precipitar en estallidos revolucionarios. Si la lucha callejera no es más que una táctica de infiltrados policiales, no pueden explicar esto.

Desgraciadamente, no conseguiremos cambiar nada sólo manifestándonos alegremente, sin imponer por la fuerza nuestras necesidades a quienes tienen el poder y quieren que nadie cambie. Entonces, el debate ya no es tanto violencia sí-violencia no, sino más bien violencia cómo, cuándo y dónde. El debate es como compaginar todas las formas de lucha (algunas violentas, muchas otras no) entre ellas.

Pero en este debate no entra quien no aspira a una transformación social que acabe con la miseria. Un criminal de la talla de Felip Puig no nos va a dar lecciones sobre cómo debemos protestar. Los que ponen familias enteras en la calle, los que nos privan de la posibilidad de caer enfermos y ser atendidos, los que nos imponen paro y condiciones laborales miserables, los que asesinan en cárceles, CIEs y barrios, los que responden a la protesta pacífica rompiendo brazos y rodillas, todos esos no pueden darnos lecciones sobre violencia.

Frente a las amenazas y la represión, seguir peleando

El pasado 29 les asustamos porque mostramos un grado de ferocidad en la lucha que no eran capaces de recordar. Les hubiera gustado ver a un pueblo manso que sigue pacíficamente el itinerario marcado por los sindicatos del Estado, y en vez de eso se encontraron con una ciudad en llamas, que lanza al mundo las imágenes de una juventud rabiosa que no acepta ser pisoteada. Una vez más (y esto es lo que más les duele), la “marca Barcelona”, la ciudad aburguesada, pacificada, moderna y atractiva a inversores sin escrúpulos, se ha esfumado en las columnas de humo que levantamos por todas partes.

En estas columnas ellos han sabido reconocer un fantasma que desde hace un tiempo viene inquietándoles. El fantasma de una vieja ciudad que creían muerta y enterrada, y que sin embargo hoy vuelve a surgir amenazando los sueños de los que quieren normalizar la explotación y la desigualdad, poniendo todo este sufrimiento detrás de un bonito escaparate para turistas. Es el fantasma de la Rosa de Foc, el fantasma de todo un pueblo organizado, fiero e ingobernable, que no aceptaba otra autoridad que la de sus propios principios: que ni una sola persona pase hambre, que ni una sola persona sea explotada, que ni una sola persona duerma en la calle. Todo para todos, y entre todos.

Y esto fue lo más grande del pasado 29M. No fueron los destrozos, no fueron las piedras ni las llamas. Fue la determinación de miles de personas a desafiar el miedo y la resignación para luchar juntas. Fue la capacidad de desobedecer en masa, de coordinarse y luchar desde cada barrio y luego unir todas nuestras fuerzas. Fue demostrar que todavía estamos vivos, que todavía somos capaces de plantar batalla y recuperar la historia de lucha que nos pertenece para trazar un camino, un futuro para todos.

Después de haber conseguido esto, no bajemos la cabeza. Por mucho que nos amenacen con nuevas leyes, por mucho que manipulen y digan a la gente que somos un grupo de terroristas o unos provocadores policiales, por mucho que nos apaleen, nos lancen gases o nos disparen pelotas de goma a la cara. Por mucho que encarcelen a nuestra gente y amenacen con hacernos lo mismo a todos.

Por muchas mentiras que digáis, por muchas amenazas que lancéis, estamos orgullosos de haber luchado contra vosotros y estamos determinados a seguir haciéndolo. Esta es nuestra ciudad, estas son nuestras calles, y queremos que nuestros hijos puedan jugar en ella libres, sin miseria, sin angustia, sin vosotros ni vuestros matones. Estas son nuestras vidas y vamos a luchar por ellas.

Libertad inmediata para los presos.

Solidaridad con todos los heridos, detenidos y encausados.

Viva la Rosa de Foc, viva la lucha por la Revolución Social

EXTRET DE:

http://www.portaloaca.com/articulos/opinion/5032-la-ciudad-ingobernable-una-reflexion-politica-sobre-los-disturbios-del-29-m.html

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